Cambiaste mi vida


La luz que en mis ojos pintaba alegría
y cubría mi vida de hermoso optimismo,
se perdió en la pena del inmenso abismo
al que me lanzaste desde tu partida.

El creerme amado me llevó a la gloria
alejado siempre de cualquier congoja,
sin saber que, ciego, en pinceladas rojas,
escribía inocente una triste historia.

Cambiaste mi vida, mi alma transformaste,
mi existencia alegre la tornaste mustia,
mi apacible asencia manchaste de angustia,
y mis ilusiones me las arrancaste.

Tanto que te adoro, más que a mi existencia,
y quería creer que tú también me amabas,
pero en ese tiempo en el que me engañabas
yo ponía el amor y tú la indiferencia.

El hombre que en tu senda encontraste un día,
lleno de esperanzas y de ser amado,
y el que en tu camino hoy queda relegado,
son muy diferentes, qué cruel ironía.

Comunión de cuerpos


Tus senos invadieron, sin tregua, abruptamente,
a mi piel que sucumbió con suma complacencia
ante el aroma fuerte de tu concupiscencia,
y probé de tu pasión la magia efervescente.

Mis manos inventaron caricias en concierto
con húmedos silencios de sexo irreverente,
en toda la extención de tu cuerpo complaciente
e hicieron que explotara la esencia de tu centro.

Tus labios y los míos frenéticos buscaron
en deslizante beso de huella interminable
la fruta prohibida con ansia inconfesable,
y el zumo del pecado felices apuraron.

En tensas humedades de cuerpos impregnados
eternos cabalgamos con furia de titanes,
uniendo los deseos en clímax delirante
de dos seres que juntos quedaron extasiados.

Tus piernas fueron marco esbelto, exuberante,
de un cuadro de pasiones y goce inagotables
que en hilos de lascivia explotó imperturbable
cual comunión de cuerpos de intrépidos amantes.

¿Para qué quererte más?

Quisiera quererte más,
pero mejor no lo intento,
si estás en mí, tan adentro,
con este amor que es intenso
no tanto como quisiera,
porque los pasos funestos
de tu olvido malhiriente,
cada vez están más cerca.

¿Para qué quererte más?
¿Para tener que llorar
tu futura indiferencia?
¿Para vivir de recuerdos
de un amor que no fue cierto?
¿Para culpar sin justicia
al inocente destino
de haber errado el camino?

Qué tristeza que en mi intento
el fracaso está seguro,
pues no es la razón quien manda
cuando de amores se trata,
el corazón da la pauta
queramos o no queramos,
y tendré que amarte más
aunque intente no quererte.

La calavera de mi amada


Sus dos cavidades tétricas, profundas,
de afilado negro y olor nauseabundo,
contuvieron ojos, siendo de este mundo;
y ahora son lagañas podridas, inmundas,
con gusanos grises en hediondas fundas
de un tono viscoso y un asco profundo.

Cómo imaginarse que hubo allí unos ojos
que irraidaron vida y fueron hermosos,
que también lloraron y fueron piadosos;
y ahora son tan solo refugio de piojos,
de arañas peludas y de insectos rojos,
de larvas que crecen en nidos pulgosos.

De alegría macabra la mueca sonriente
bajo una asquerosa cavidad nasal,
parece burlarse de un eterno mal
con una ponzoña que es, diente por diente,
resbalosa baba de humor maloliente
que hacen a las náuseas llegar al final.

Hubo allí unos labios rojos y carnosos
que amaron, besaron y fueron ardientes,
que hicieron hermosos los tétricos dientes;
que ahora son carne de insectos rabiosos
cayendo en pedazos cual piel de leproso
sin dejar ni huellas de besos ardientes.

La encéfala masa que fue inteligente,
fue motor del sexo y también del amor,
vivió sensaciones de dicha y dolor,
acabó en abono de plagas hirvientes,
arpías diminutas peor que serpientes
que dejaron solo putrefacto olor.

Lo que fue una hermosa y feliz cabellera
que ondeó en el aire y en blancas almohadas,
quedó en una greña fatal y engrasada
cual hilo de muerte que sostiene entera
la infernal caverna que es la calavera
donde estuvo el rostro de mi linda amada.

El amor ha terminado


Después de tanto tiempo
de amarnos, de entregarnos, de endiosarnos,
de no concebir la vida separados,
de vivir la pasión como alienados
cuando un sencillo roce de las manos
conduce a paraísos jamás imaginados.

Después de tanto tiempo
de ascender navegando en lontananza
en las mañanas de amor engalanadas,
cuando al primer resplandor nuestras miradas
matizaban de verde la esperanza
y nuestras almas tocaban la alborada.

Después de tanto tiempo
de compartir nuestros cuerpos, nuestras almas,
nuestros pesares, nuestros sueños, nuestras dichas,
de vivir en una eterna y espléndida caricia,
de hacer de un leve enfado la más hermosa calma
y de una gran tormenta la más sublime brisa.

Después de tanto tiempo
en que sacros juramentos de amor eternizado
con rasgos indelebles de hermosas ilusiones,
ponían a nuestro alcance el cielo para amarnos,
pues Dios para nosotros un mundo había creado
del que ni aún la muerte podría nunca arrancarnos.

Y después de tanto tiempo ¿en qué hemos terminado?
en aves que, ante el frío en su nido acumulado,
volaron taciturnas con rumbos separados;
en lánguidas promesas que la mutua indiferencia
a sórdidos abismos lanzó pulverizadas,
negando para siempre su efímera existencia.

Los roces, las caricias, al beso apasionado,
quedaron en tinieblas, perdieron sus encantos,
y así de nuestras almas se fueron para siempre
las dulces compañías de tiernas alboradas,
y nuestros corazones, inermes y agrietados,
confiesan fríamente: el amor ha terminado.

Penas y alegrías del amor